Y la muerte otra vez. Para terminar de una puta vez este año. Con el dolor de saber que faltaste en algún lugar cuando un teléfono suena en la madrugada para avisarte que ya no más: Un reclamo final, una queja que escucho sin poder parar de llorar y mil imágenes se vienen a mi mente como a mis ojos las lágrimas, en la soledad de saber que a las cinco de la mañana yaces sin vida en algún lugar que no es cerca, que no habrá un último abrazo y que las deudas de tu vida fueron demasiadas para soportarlas.
No estuve; esa es la sensación que me queda. Un saludo rápido y mi impresión de que estabas mejor son lo último que tengo. Y se rompe con esa llamada. Ya no estás y estuviste tanto, y mientras te despedimos tod+s apretados y ahogados con el calor, compruebo cuanto se te quiso pese a que todos concluimos que eras un personaje odioso, crítico a más no poder, incisivo y que no dejabas pasar una.
Ninguna cosa que diga va a cambiar tu ausencia, nada de lo que diga podrá traerte nuevamente a estos lugares. Y voy cerrando ciclos. Voy cerrando con la idea de que las perdidas que me tocaron este año, se han empeñado en demostrarme que hay una dimensión inasible del vivir, que tiene que ver con algo más que la falta y el dolor; porque cada día es un juego y una apuesta y los vínculos deben mantenerse y cuidarse para que no nos pille la pelá desprevenidos.
Mejor ahora cerrar este año con un brindis que celebre la vida, los sueños, los proyectos las ganas de ir hacia delante y la memoria que hemos ido construyendo desde lo que somos y podemos ser.
Y ahora descansa querido Amigo B y que la tierra te sea leve