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domingo, 11 de marzo de 2007

KAMIKAZE

Invocando al Dios del viento (kami kaze), parte a su batalla, prepara cada paso que le lleva a su destino final. Ha sido fatigoso el asedio, se ha resistido todo lo posible. Pero ahora no queda más nada que librar este combate impostergable. Ante el enemigo, la única cosa que queda por hacer es demostrar que se tiene el coraje suficiente para sacrificar todo por la causa. Ante la evidencia de la derrota recuperar el ser guerrero y no transar con lo único que queda. El Giri (justa razón) asiste cada uno de sus pasos. Aunque sepa que de razón no hay nada, pero le sostiene un ancestral sentido del deber y la entrega total. Lo que menos importa es lo que se perderá, el deber es ineludible, frente a la perdida de la guerra, solo queda un último gesto que demostrará que ante la presencia del invasor no te entregarás…

Antes de dormirse, en el instante que separa la vigilia del sueño, antes de que venga la noche con toda su carga de oscuridad y se cierren sus ojos, en ese antes tan solitario y secreto se deja llevar por los recuerdos. El día que ya acaba, las preparaciones en la cocina, los pequeños oficios que emprendió: saltar de la cama antes de las seis, el cuarto de baño, vestirse, cada dos días; hornear el pan, recoger el periódico, para luego desayunar y ocuparse de cada detalle que le trae orden. Ese es el ritual de cada día, ir una a una por cada habitación de la casa, repasar los muebles, ordenar los papeles de su escritorio, separar por temas los libros que estarán junto a ella en ese día, llamar por teléfono y saber de la gente con la que aún conversa (cada vez menos). Y luego ponerse a hacer lo suyo: releer las historias, registrar datos, buscar referencias, someterse a las palabras dichas antes, buscar claves que le permitan aumentar los datos que requiere en cada estudio, es lo único que le permite disciplinarse, no perderse en sus pensamientos y sobrevivir. Ella se dedica a apoyar el trabajo de otros, a indicarles las faltas y complementar su desarrollo, la va bien con eso, ya tiene reconocimiento en su tarea, sabe que es de las mejores en su oficio, respetada por su confidencialidad y precisión, nunca emite comentarios que no sean de utilidad, es capas de hacer en corto tiempo lo solicitado y de ayudar cuando alguien no puede dar con la idea última que cierre un buen escrito. Un antiguo amigo la recomendó en el departamento de literatura de su universidad, luego se corrió la voz entre los historiadores y así en poco tiempo pudo tener una clientela segura y confiable.

Es el mejor trabajo que podría tener, ella lo sabe bien, quince años se cumplirán el próximo mes. Quince años en los que nadie que conoció ha entrado en su casa, no recibe visitas. Salvo personas de compañías de reparaciones o esas cosas básicas para mantener un espacio habitable. Cuando esto ha sido ineludible deja las instrucciones y los pagos en la mesa del comedor y espía por las ventanas. Ha administrado de manera tal sus relaciones, que ya nadie le pregunta si necesita algo, quince años de rituales repetidos de manera exacta a fin de preservar su precaria unidad. Los vínculos que sostiene con otros son cordiales, serenos y llenos de sobreentendidos, nadie quiere alterar su mundo, ni inquietarla. Han tenido tres ayudantes en todos estos años, pasan cada quince días por su casa a recoger los documentos que prepara, o para traerle los alimentos y libros que ella necesita, ella hace todo lo necesario a fin de que nada altere los ritos. Desde que apareció la Internet, manda correos una vez por semana en donde responde dudas o entrega solicitudes que le aclaren las cosas que precisa para continuar en lo que esté emprendiendo en ese momento. Ella hace todo para evitar el mundo de afuera, incluso la mantención del huerto que posee en el jardín le permiten acrecentar su sentido de defensa. Logró controlar de manera tal sus acciones que no enferma. Se cuida en todo, mide calorías, registra cada descubrimiento de cura y prevención, incluye variadas hierbas en su balanceada dieta, toma agua como mínimo tres litros diarios, bebe una copa de vino en el almuerzo y las pocas veces que ha tenido alguna cosa extraña, se dedica meditar, hasta que puede sentir en su respiración el retorno del ritmo de la salud…

Este día se levanta pensando en todo lo que no tiene, en todo lo que ha dejado de lado, en todo lo que eligió suspender, en cada detalle que la ha llevado a este simulacro de vida y se da cuenta que lo único que le sostiene es comprobar cuanto más puede resistir...

*Para Juan que llueve love, gracias por estar.